Conoce a Arnau Pallerola Salat, que decidió dejar durante unos meses su rutina y comenzar una experiencia de voluntariado en Palermo, Sicilia. Ahora que ya ha regresado a casa, comparte todo lo que encontró lejos de su zona de confort: una ciudad nueva, personas y realidades muy diferentes, aprendizajes inesperados y una experiencia que le ha hecho volver con una mirada diferente sobre sí mismo y sobre el mundo.
Domingo 11 de enero. El inicio del camino más transformador que he vivido nunca. Con la siempre bienvenida ayuda de Fundació Catalunya Voluntària, emprendía el viaje hacia la ciudad de Palermo, Sicilia, con mucha curiosidad por conocer a quienes serían mis compañeros de voluntariado y de piso.
Cuando aceptas empezar desde cero en un país nuevo donde no conoces nada ni a nadie, los primeros días suponen una explosión de información nueva para el cerebro. Cada esquina que doblas es una calle nueva que ves, cada palabra que escuchas es una palabra nueva, cada cara que ves es la primera vez que la ves, cada tarea que te piden es la primera vez que tienes que hacerla. Todo esto estando solo, lejos de la familia, las amistades y las zonas de confort. No puedes escapar de ello.
Después de unos días, todo esto absorbe mucha energía, de modo que llegar bien mentalizado sobre lo que supone y con el corazón y la mente bien abiertos para intentar integrar rápidamente todos los nuevos conocimientos es clave para no hundirte.
En mi caso, precisamente fui allí con una curiosidad absoluta por todas estas cosas. Me moría de ganas de vivirlo, siendo consciente de que habría algún momento de cansancio emocional, pero eso también forma parte del viaje y también quería vivirlo, para aprender a entender cómo respondo ante situaciones que nunca antes había experimentado. Todo es información nueva sobre uno mismo que genera una autoconciencia más amplia que la que tenías al llegar. Hasta el momento, ¡todo positivo!
En mi caso, tuve la suerte de encontrar un proyecto que me interesó desde el primer momento, unos compañeros de voluntariado con quienes me entendí desde el primer día y una ciudad en la que quise integrarme como un palermitano más. Sin embargo, no fue únicamente suerte, también fue cuestión de mentalidad. Como he dicho antes, ir con la mente y el corazón abiertos puede hacer que una misma experiencia resulte mucho más enriquecedora.
La cooperativa que gestionó mi voluntariado y el de mis compañeros en Palermo, llamada Palma Nana, nos enviaba habitualmente a colaborar con cuatro entidades diferentes y también participamos puntualmente en algún otro proyecto. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes.
En mi caso me parecía algo muy favorable, ya que me daba la oportunidad de conocer más realidades personales, descubrir más rincones e historias de la ciudad para integrarme más en ella y hacer que la experiencia fuese mucho más amplia. Cada día era diferente y sentía curiosidad por saber qué aprenderíamos.
La parte negativa era que, al tener las horas tan distribuidas, resultaba más difícil profundizar en el lugar que pudiera parecernos más interesante. Teníamos que tratar con mucha más gente, algo que a mí me parecía fantástico.
Sin embargo, para una compañera de voluntariado que era sueca, el impacto cultural y personal era abismal, de modo que algunas semanas acababa mucho más agotada emocionalmente. Es admirable su valentía al aceptar un proyecto como este. Para ella parecía casi como si se hubiera ido a vivir a otro planeta, especialmente al compararlo con algunos de los barrios a los que teníamos que ir y algunas de las historias que teníamos que escuchar…
El barrio de Danisinni era uno de ellos, un lugar imposible de olvidar. En el ámbito social pueden encontrarse algunas similitudes con las favelas de Brasil. Danisinni es un pequeño barrio situado cerca del centro de la ciudad donde únicamente existe un acceso público para vehículos y otro, escondido, para peatones.
El barrio está completamente apartado de cualquier institución pública. No hay escuelas, tiendas, farmacias, restaurantes… No existe ningún motivo por el que cualquier habitante de Palermo tuviera que pasar por allí si no fuera para visitar a una persona conocida o echar una mano a la gente del barrio.
El barrio tampoco dispone de instalaciones eléctricas, por lo que cuando llega la noche hay que caminar por la calle con una linterna. Tampoco hay agua corriente. Muchas casas tienen un pozo. El barrio está situado sobre un antiguo río cuya agua actualmente solo corre bajo tierra y, por tanto, es gracias a esta corriente natural subterránea que muchas casas pueden llegar a tener agua.
Las casas son muy precarias. Una proporción muy elevada de los adultos son analfabetos, algo relacionado con el hecho de que los habitantes de Danisinni prácticamente no salen del barrio y con su situación de marginalidad. Ellos nunca te dirán que son de Palermo, ellos son de Danisinni. Cuando los niños salen por cualquier motivo, te dicen que van a la ciudad.
Realmente, cuando caminas por allí, esa es la sensación: como si se tratase de un pequeño pueblo independiente dentro de Palermo. Aquel acceso peatonal escondido en un pequeño túnel junto a una esquina de una zona ya de por sí marginal de Palermo era la entrada a una realidad que impacta, que no ves venir y que te desorienta.
Empezar a escuchar la historia de Danisinni fue toda una montaña rusa emocional, comenzando por saber que muchos niños y niñas nunca tendrán la oportunidad de escapar de una mala vida. Según nos explicaron las personas de la parroquia, cuando los chicos llegan a los 16 años ya empiezan a realizar trabajos para las mafias y muchas de las chicas ya se quedan embarazadas.
Sin embargo, como nota positiva, en el barrio existe esperanza. Si comparamos la situación con la de hace veinte años, ya puede observarse una tendencia positiva. La única institución formal que ha cuidado de la ciudadanía de Danisinni ha sido la parroquia, desde la llegada de un monje con mucha iniciativa llamado Fra Mauro.
Él ha trabajado para que en Danisinni exista una verdadera vida comunitaria. Ahora llegan al barrio médicos voluntarios que vacunan a la población, llegan alimentos de Cáritas, existe un gimnasio, una biblioteca y actividades educativas para los niños. También hay una nueva fundación gracias a la cual reciben donaciones económicas y de material.
Es aquí donde la labor voluntaria es más importante que nunca, aunque pueda no parecerlo. En nuestro caso, ayudábamos mucho a organizar actividades de ocio estructuradas para los niños, actividades mediante las que podían incorporar valores fundamentales que, estando solos todo el día en la calle, no pueden aprender.
Cooperación, trabajo en equipo, conciencia social y cultura general: todo esto podíamos aportárselo a los niños de Danisinni, que a menudo carecen de referentes adultos.
Finalmente, el voluntariado fue un ecosistema perfecto para aprender mil cosas a nivel cultural, social y sobre uno mismo, mientras me lo pasaba mejor que nunca. Playa, montaña, ciudad, pueblos, fiestas, deporte, danza, amistades, amor. Todo tuvo cabida en el medio año más espectacular que uno pueda imaginar.
Nada de esto, sin embargo, habría sido posible sin frenar todo lo que estaba haciendo en casa y reflexionar sobre una decisión que puede parecer arriesgada.
Ahora he vuelto a casa, con la mochila llena de nuevas experiencias que, pase lo que pase en la vida, nadie podrá quitarme. Ya te has detenido a leer sobre esta experiencia. Es un buen momento para aprovecharlo, mirar hacia dentro y preguntarte: ¿quiero vivir temporalmente en otro lugar a cambio de la posibilidad de regresar transformado mientras he ayudado a personas vulnerables?
Arnau Pallerola Salat





