Igual que el propio Papa, el 8 de junio yo también tenía previsto llegar a Madrid. La diferencia es que, en vez de encontrarme con una multitud esperándome, me recibieron un par de voluntarios sentados sobre sus maletas, apoyados en las paredes de la estación, y una coordinadora estresada y completamente quemada por el sol intentando contarnos tres veces por minuto.

Todos los voluntarios del Cuerpo Europeo de Solidaridad participan, durante los primeros meses del voluntariado, en una formación de llegada. Es un curso de una semana junto a otros voluntarios de distintos lugares de España, pensado para ayudarnos a adaptarnos y entender mejor qué significa realmente formar parte de este programa.

Cuando supe que mi formación sería en Madrid me hizo mucha ilusión; lo único extraño era que ni siquiera Google parecía saber en qué barrio de Madrid estaba Cercedilla. Después de aproximadamente una hora de autobús, mientras los edificios desaparecían y el paisaje se llenaba cada vez más de montañas y bosques, entendí que aquella formación de Madrid... en realidad no era en Madrid.

Durante las semanas anteriores intenté averiguar todo lo posible sobre cómo sería el curso. En el programa aparecían actividades como «Solidaridad y prioridades del ESC», «Comunicación y habilidades sociales» o «Youthpass». Pregunté a todo el mundo en FCV qué significaba cada sesión y qué podía esperar de ellas. Después de investigar bastante, llegué a una única conclusión: era una lotería. Podía convertirse en la semana más divertida de mi vida o en un inesperado regreso a la escuela primaria. Solo quedaba esperar.

Hay tres elementos que hacen que una formación funcione: el entorno, el programa y las personas. Y, para poder terminar con un buen sabor de boca, empezaré por el entorno. Cercedilla es, sin duda, un pueblo precioso situado al pie de la sierra. Sin embargo, las condiciones del albergue eran, como mínimo, bastante restrictivas. Había una norma para prácticamente todo: para moverse, para comer y para cualquier pequeño detalle del día a día. Incluso las adaptaciones relacionadas con necesidades alimentarias o con la neurodivergencia se presentaban casi como un favor, haciendo que las personas con necesidades específicas se sintieran señaladas en lugar de bienvenidas. Fue una situación que me resultó preocupante y decepcionante.

Por suerte, ese fue prácticamente el único aspecto negativo de toda la experiencia. En cuanto al programa, me lo pasé muchísimo mejor de lo que hubiera imaginado. Las coordinadoras consiguieron crear un grupo muy unido, nos propusieron dinámicas que nos ayudaron a conocernos y, día tras día, encontraron maneras creativas de trabajar todos los temas previstos. Diseñamos carteles de películas, hicimos mandales sobre la solidaridad, paseos por la naturaleza, clases de español e incluso disfrutamos de una noche dedicada a la música y los bailes tradicionales.

Y, como prometí, termino con el mayor de los elogios. Nada de lo vivido durante esa semana habría sido igual sin las personas con las que la compartí. Mis compañeros voluntarios han sido algunas de las personas más interesantes, curiosas y amables con las que me he encontrado por puro azar. Disfrutamos muchísimo de las actividades y todavía más de las noches, explorando Cercedilla y conociéndonos un poco mejor cada día. A pesar de mis dudas iniciales y de la sensación de cierta hostilidad por parte del albergue, fueron ellos quienes consiguieron que me sintiera seguro, aceptado y parte del grupo durante toda la formación.

Nunca habría imaginado la emoción con la que describimos nuestras cartas de Dixit durante el cierre ni lo significativo que resultó lanzarlas de nuevo al centro del círculo como gesto de despedida. Aun así, cualquier atisbo de tristeza o de nostalgia prematura desapareció rápidamente cuando hicimos nuestro último paseo para comprar algo de beber y picar, antes de organizar una auténtica fiesta de despedida en un cenador en medio del bosque.