Burg Lora observa el mundo desde lo alto de su colina desde el siglo XI, pero probablemente ni sus antiguas piedras imaginaron algo así: un grupo variopinto y multilingüe de siete países, cortando, removiendo y convirtiendo la cena en teatro. Eso fue exactamente lo que ocurrió este septiembre, cuando Stage & Spice ocupó el castillo durante diez días de convivencia y aprendizaje dentro de Erasmus+. Cinco participantes de Fundació Catalunya Voluntària nos sumamos a grupos de Grecia, Bulgaria, Portugal, Rumanía, Italia y Alemania, y entre aquellos muros centenarios empezó a ocurrir algo completamente nuevo.
Combinar teatro y cocina puede sonar a experimento improbable, pero allí era tan concreto como la harina pegada a las manos. Las mañanas estaban dedicadas a juegos teatrales, improvisación y movimiento, hasta que el cuerpo empezaba a recordar historias nuevas. Por las tardes tocaba pelar, cortar y descubrir la vida secreta de las verduras de temporada. Todas las comidas eran vegetarianas y las sobras nunca desaparecían: se transformaban, reaparecían en otros platos y nos recordaban que nada tiene por qué desperdiciarse, ni en la cocina ni en un proceso creativo. Al final del proyecto, creábamos nuestras propias cenas performativas, en las que la comida, el movimiento y las historias terminaban encontrando un lenguaje común.
Vadym Odariuk llegó con las expectativas prudentes de alguien que lleva años trabajando en teatro y con actores, y que suponía que difícilmente descubriría algo realmente nuevo: “Hacía mucho tiempo que no estaba en un lugar donde la creatividad, la energía y la actitud positiva fluyeran de una cosa a otra con tanta naturalidad. Hicimos ejercicios teatrales, muchos de ellos nuevos incluso para mí después de años trabajando en este ámbito, y cocinamos juntos. La sensación de ocho personas preparando varenyky es simplemente imposible de reproducir estando solo”. También reconoce con franqueza que en cualquier proyecto surgen roces y dificultades organizativas, pero para él lo fundamental fue que el entorno era seguro y que el equipo de facilitación estaba disponible siempre que hacía falta.
Hryhorii Kvartsianyi describe aquella semana a través de una percepción del tiempo completamente alterada. Al final, parecía que no habían pasado nueve días, sino mucho más. Cada jornada estaba tan llena de actividades, conversaciones e información nueva que apenas daba tiempo a asimilar una experiencia antes de que empezara la siguiente. Destaca especialmente la Noche Intercultural, una velada en la que las personas participantes compartieron tradiciones, bailes, canciones y comida. Era uno de los momentos que más esperaba antes incluso del viaje y terminó siendo exactamente como lo había imaginado, algo que sucede bastante menos de lo que uno quisiera. En la forma de trabajar con los alimentos encontró además una idea que conectó especialmente con él: “Si quedaban sobras de una comida, buscábamos la manera de utilizarlas en la siguiente. Eso hacía que cocinar fuera práctico, creativo y responsable al mismo tiempo”.
Xiomara Cruz volvió del proyecto con aprendizajes muy concretos y fáciles de trasladar a la vida cotidiana: “Aprendí que no adquirimos conocimientos únicamente leyendo o escuchando, y que a veces el aprendizaje más efectivo sucede a través del cuerpo, el movimiento y las experiencias compartidas. Pero lo que más me sorprendió fue descubrir lo natural que resulta combinar comida y performance, dos conceptos que pueden parecer muy diferentes y que, en realidad, funcionan juntos de una manera muy orgánica”.
Mariia Petrenko se interesó por el proyecto, en parte, precisamente por su propuesta: teatro, cocina y un castillo medieval coexistiendo en un mismo lugar. Según cuenta, los tres elementos funcionaron juntos mucho mejor de lo que habría imaginado por separado: “Fue una inmersión intensa de once días, llena de recuerdos, retos y curiosidad, pero lo más importante fueron las personas. Cada una aportó sus conocimientos, su cultura y su creatividad, y fue precisamente esa combinación la que convirtió Stage & Spice en lo que acabó siendo”.
Burg Lora se encuentra en una zona rural, y llegar hasta allí ya forma parte de la experiencia. Una vez dentro, la idea de marcharse o buscar algo fuera pierde rápidamente importancia. Cocinábamos, debatíamos, ensayábamos y nos reuníamos alrededor del fuego por la noche, siempre dentro del mismo pequeño universo. Estar allí juntos, apartados de otros lugares y distracciones, terminó siendo una ventaja inesperada: el tiempo parecía avanzar más despacio y los días adquirían una profundidad y una atención difíciles de encontrar en una semana cualquiera lejos de casa.
Texto de Olha Oltarzhevska, Fundació Catalunya Voluntària
Gracias a Vadym, Hryhorii, Xiomara y Mariia por compartir sus impresiones.






