Del 2 de marzo al 25 de julio de 2026, Irene participó durante casi cinco meses en un proyecto del Cuerpo Europeo de Solidaridad (CES) en los Países Bajos con Cherry International Foundation. Lo que comenzó con unas expectativas muy concretas terminó convirtiéndose en una experiencia llena de retos, crecimiento personal y descubrimientos inesperados. Hoy comparte todo lo que estos cinco meses han significado para ella.
Estos cinco meses en los Países Bajos han sido un aprendizaje increíble. La experiencia, y yo misma, para qué negarlo, me ha puesto a prueba en todos los aspectos posibles. Después de todo lo vivido, me siento mucho más fuerte, capaz y preparada para afrontar cualquier reto que venga.
Cuando llegué, tenía unas expectativas muy claras. Sabía lo que quería conseguir durante esos meses y también tenía una idea bastante definida de cómo sería la experiencia. Sin embargo, durante el primer mes, todo aquello se vino abajo.
Al principio lo pasé bastante mal. Tuvimos problemas con la vivienda, la ciudad donde vivíamos no era como la había imaginado y, en algunos momentos, la organización tampoco nos lo puso fácil. Pero, al mismo tiempo, fue durante esas primeras semanas cuando empecé a formar parte de la comunidad, a disfrutar de la naturaleza como nunca antes y a superar retos que, antes de salir de Barcelona, me parecían imposibles.
Fue entonces cuando entendí que las ideas preconcebidas no tienen cabida en una experiencia de voluntariado del CES. Mantener una mente abierta y una actitud proactiva era la mejor manera de convertir aquellos meses en algo realmente transformador.
A partir de ese momento decidí dejarme sorprender por todo lo que el voluntariado podía ofrecerme y hacer todo lo posible para que aquellos cinco meses fueran mucho más que una simple anécdota.
Empecé a hacer cosas que en mi vida anterior habrían sido impensables: recorrer la ciudad preguntando cómo podía ayudar, apuntarme a clases de yoga en un idioma que apenas entendía, aprender a reparar objetos utilizando herramientas completamente nuevas para mí, colaborar en un jardín comunitario y hacer viajes en solitario durmiendo en hostales y cenando sola en restaurantes.
Podría resumir esta etapa diciendo que fueron cinco meses de decir sí a todo.
Este voluntariado del CES también me ayudó a crecer profesionalmente. Venía de trabajar en un sector que me había dejado completamente vacía y sin energía. Necesitaba encontrar una nueva dirección y descubrir otros caminos para mi futuro.
El voluntariado me mostró muchísimas posibilidades que antes no veía. Me abrió los ojos a otras formas de trabajar, de vivir y de sentirse realizada, y por ello estaré siempre agradecida.
A cualquier persona que esté pensando en participar en un proyecto del CES solo puedo decirle una cosa: hazlo.
Yo tardé muchos meses en decidirme. Investigué numerosos proyectos e intenté encontrar el que fuera perfecto para mí. Al final, casi nada ocurrió como esperaba. Pero precisamente ahí está la belleza de esta experiencia: dejarse sorprender.
Es muy probable que todos los prejuicios o expectativas con los que empiezas desaparezcan por el camino.
Una de mis mayores preocupaciones era la edad. Tengo treinta años y estaba justo en el límite para participar en el CES. Pensaba que me sentiría demasiado mayor o que aquella oportunidad ya había pasado para mí.
Con el tiempo comprendí que ese miedo solo existía en mi cabeza. Cuando conoces a personas que están viviendo una experiencia parecida a la tuya, el vínculo que se crea es mucho más importante que cualquier diferencia de edad.
Lo que realmente importa son las ganas de explorar, de dejarte sorprender, de salir de tu zona de confort y de contribuir. También es fundamental ser una persona proactiva. Las oportunidades no llegan solas: hay que salir a buscarlas.
Ahora que esta etapa llega a su fin, tengo una sensación agridulce.
Por un lado, estoy feliz de volver a Barcelona. Echo mucho de menos mi vida allí y siento que he aprovechado estos cinco meses al máximo.
Pero, por otro lado, sé que también echaré de menos esta vida. Echaré de menos formar parte de una comunidad con una cultura y un idioma diferentes que, aun así, me hizo sentir como en casa. Echaré de menos conocer a personas con historias y perspectivas muy distintas, ponerme a prueba cada día y, por supuesto, viajar.
Ha sido una experiencia profundamente enriquecedora que repetiría mil veces.
Cuando miro atrás, solo puedo sentir gratitud. Gratitud por todo lo aprendido, por todas las personas que he conocido y, sobre todo, por haberme atrevido a dar un paso que durante mucho tiempo pensé que quizá llegaba demasiado tarde.



