»Me parece que no te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo hasta que haces un EVS»

Ser una voluntaria EVS no siempre tiene un significado concreto. Los primeros días te sentirás un poco perdida y, en mi caso, los estudiantes del colegio pensaban que era una Student Teacher – tardaron más de un mes en ver la diferencia. El voluntariado europeo es una ventana a un mundo de posibilidades donde tú decides en qué quieres centrarte. Es un escenario increíble para probar cosas – un taller que querías hacer, un talento que tenías abandonado… lo que sea que te mueva. Obviamente, habrá momentos en que no sabrás demasiado qué estás haciendo allí, lejos de casa y en un ambiente nuevo en el que entonces no todo parece tener sentido.

Bien, que sepas que todo esto es normal, y todo pasa. Un EVS es únicamente salir de tu zona de confort, y una vez te acostumbras a tu nueva rutina, ves tu zona de confort y lo lejos que has llegado. La experiencia vale la pena; aprendes muchísimo sobre ti misma y sobre los otros, cómo llevar un proyecto y como moverte en un entorno nuevo. A cualquier persona que quiera emprender una nueva aventura: EVS te espera con los brazos abiertos.

Me parece que no te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo hasta que haces un EVS, y la verdad es que darse cuenta no es ni de lejos divertido, ya que lo ves sobre todo cuando ya se está a punto de acabar el proyecto, y empiezas a considerar todo lo que podrías haber hecho y no hiciste, y sientes que no has exprimido al máximo la experiencia EVS.

En realidad no estás siendo objetiva, ya que se acerca el final. Por suerte, los voluntarios tenemos que hacer un Youth Pass, lo que nos permite echar la vista atrás y ver todo lo que hemos hecho, lo que hemos aprendido… Básicamente, todo lo del EVS que ha tenido un impacto en nuestras vidas. Y creedme, la lista no es corta.

Seguramente os preguntéis por qué mi post empieza así. Bien, este será mi último post. Lo escribo a día 200 del EVS, solo me quedan 10 días para disfrutar, preparar actividades, hacer maletas e irme del IPC definitivamente (y aún ni ha empezado el Alumni Summer Camp!).

Siento una mezcla rara de sentimientos: por una parte no puedo evitar estar triste por dejar el IPC, que ha sido mi casa durante los últimos 7 meses; pero por otra, no puedo esperar a ver que nuevos proyectos y actividades me depara el futuro, gracias principalmente a la subida de autoestima que me ha dado el EVS. Quién se lo podría haber imaginado? Han pasado 200 días y aún siento como si fuera ayer cuando aterricé en Dinamarca con mis grandes maletas y l cabeza llena de ideas para el Human Rights Café (Café de los Derechos Humanos). 

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